84 ANIVERSARIO DEL CRIMEN DE CASAS VIEJAS

“El paro obrero es cada vez mayor, elevándose el número de trabajadores parados en ambos pueblos (Medina Sidonia y Casas Viejas), próximos al millar; el Monterilla (alcalde) no atiende, el Gobernador tampoco, los Panzudos (propietarios) no siembran y los trabajadores también se mueren de hambre; creemos que para alimentar los estómagos preparan balas… Así no es posible vivir; los hombres perecen de inanición, ¿qué hacemos?”.

Casas Viejas, enero de 1933. Estas palabras, escritas por los campesinos de Casas Viejas, eran enviadas al Comité Regional de la CNT, de las que se hizo eco el periódico Solidaridad Obrera. La situación del campo andaluz a comienzos de los años 30 era insostenible, el hambre amenazaba cada hogar de la clase campesina en pleno invierno. Alrededor de un 40% de la tierra se concentraba en latifundios pertenecientes a terratenientes que disponían a su antojo de jornaleros que trabajaban, los pocos que conseguían ser elegidos para echar el jornal, en una situación de explotación, en las que el cuerpo echaba muchas horas y poco sueldo iba a casa. Ante esta situación, la caridad a nivel estatal, era la única que disminuía escasamente tal necesidad. La esperanza que aguardaba desde el 14 de abril de 1931 empezaba a apagarse.

La recién promulgada Ley de Reforma Agraria de septiembre de 1932, durante el gobierno republicano de Azaña en coalición con los socialistas, llegaba tarde e incompleta. Año y medio tardó en publicarse una reforma ansiada por un pueblo en los huesos, una reforma que se quedaba a medio camino por la presión dirigida por sectores agrarios conservadores contra el gobierno republicano. La II República creó grandes expectativas entre los jornaleros de la mitad Sur peninsular con sus propuestas reformistas, su deseo era acabar con el latifundismo y con los casi dos millones de jornaleros sin tierras. Este problema preveía atajarse con una gran medida a raíz de la expropiación, previa indemnización, de tierras y fincas a terratenientes, asentando en ellas a los campesinos sin tierras, buscando con ello una distribución equitativa que además acabara con el paro agrario. Sin embargo, la lentitud e incapacidad de su promulgación cuatro meses después, pues a principios de 1933 sólo se habían beneficiado poco más de 4000 jornaleros, explica la explosión de una llama que prendió largo tiempo atrás.

Este contexto social y político, de patente desigualdad entre clases, explica el descontento de una población que vive de los frutos que da la tierra y que desde el siglo XIX ha conocido en Andalucía estrategias de organización autónomas, donde el levantamiento y las ocupaciones de fincas y su consecuente reparto entre los sin tierras, se han producido como única vía para recuperarlas ante el consentimiento de las autoridades con las prácticas latifundistas. La llegada del ideario de Bakunin, traído por Giuseppe Fanelli, lograría que estos movimientos fraguaran en un anarcosindicalismo andaluz, donde la provincia de Cádiz y diversas poblaciones del Bajo Guadalquivir se convertirían en focos de resistencia y lucha, pero donde además se optaba por acabar con la analfabetización con la creación de escuelas nocturnas, se fomentaba la comida vegetariana o la abstención al alcohol. Con esta tradición histórica y libertaria repartida por el campo andaluz y con la inminente situación de necesidad de pan en 1933, el mensaje de los jornaleros cenetistas andaluces, sintiéndose engañados por la República, era claro: si la República no sirve para mejorar los intereses de la clase trabajadora, la República no merece ser mantenida y alimentada.

En la madrugada del 10 al 11 de enero de 1933, un grupo de jornaleros afiliados a la CNT inician una insurrección en Casas Viejas, tomando la localidad, y mediante la cual proclaman el comunismo libertario, declarando la tierra como propiedad de bien común. A este levantamiento se sumarían otros que rápidamente fueron sofocados o abortados, un conjunto de insurrecciones que se enmarcaban en la revolución social que la FAI pretendía llevar a cabo y que desembocara en una huelga general ferroviaria de carácter estatal. Los propios dirigentes del anarcosindicalismo del estado español rechazaron tales levantamientos.

Estos hechos no bastaron para frenar la insurrección libertaria de la localidad gaditana, donde arraigó un anarquismo andaluz caracterizado por una mayor radicalización ante las condiciones de miseria tan extremas vividas. El 11 de enero un grupo de guardias civiles llegó para sofocar el levantamiento, ante lo que muchos vecinos optaron por huir o esconderse por el miedo a represalias. A partir de aquí, se suceden los brutales hechos por los que Casas Viejas ha marcado una página negra para la II República y otra página de sangre para la propia Andalucía. Con la llegada de las autoridades se producen las primeras detenciones que acusan a Francisco Cruz Gutiérrez “Seisdedos”, en cuya choza se habían refugiado la última resistencia del levantamiento. Desde Madrid, llegó la orden de disparar sin piedad ante cualquier movimiento de los jornaleros. Rifles y ametralladoras de la guardia civil proveniente de Jerez acribillaron la choza, incendiándola en un trágico final donde eran disparados al escapar de las llamas.

Casi treinta personas perderían la vida durante la represalia de la guardia civil y de la guardia de asalto republicana, entre ellos hombres, mujeres y un niño… Calcinados, asesinados, torturados y fusilados… De entre todos, María Silva Cruz “la Libertaria”, nieta de “Seisdedos” consiguió escapar con su hijo en brazos tras esconderse en una chumbera durante la masacre a la choza de su abuelo. María se convirtió en el símbolo libertario de la resistencia de Casas Viejas, de la que sabemos por tradición oral que sería detenida en Medina Sidonia y fusilada en el 36 con el golpe de estado fascista, y de la que como muchas más, aún siguen en cunetas desconocidas clamando justicia.

En su 84 aniversario queremos recordar los antecedentes de un pueblo que luchaba y se desangraba, que estaba dispuesto a perder la vida antes que ver morir a sus hijas de hambre. Para ello, recuperamos la labor de José Luis Gutiérrez Molina al incidir en la reparación histórica cada aniversario de la matanza de Casas Viejas. Este año nos ha acercado a la última superviviente de los sucesos, Catalina Silva Cruz, hermana menor de María “la Libertaria” y nieta de Francisco “Seisdedos”. Catalina, que acaba de cumplir 100 años en su aún exilio desde Montauban, es un libro abierto para narrar los años sin pan en Casas Viejas, la detención y fusilamiento de su hermana, así como su huida ante el avance territorial de los franquistas.

Seguimos pidiendo una memoria histórica que nos devuelva los cuerpos y lo que fuimos, que repare y reconozca los lugares donde la Historia debe seguir viva. Si la dictadura franquista sepultó Casas Viejas, aún después de la transición cuesta reconocer las luces y sombras de una II República que, atravesada por profundas contradicciones, contaba con muchos detractores pero también con intereses burgueses que no pensaban atajar problemas de larga tradición como la del campo andaluz. En un intento de reconstruirnos como humanas, sirva este homenaje a los jornaleros y jornaleras asesinadas durante la masacre de Casas Viejas para sentir que al menos en nosotras, la memoria sigue viva.

http://www.lavozdelsur.es/cien-anos-toda-una-vida-la-de-cat…

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