XXV ANIVERSARIO DE LA CAÍDA DE LA UNIÓN DE REPÚBLICAS SOCIALISTAS SOVIÉTICAS (URSS)

El 25 de diciembre de 2016 se cumplió el vigesimoquinto aniversario de la caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Teniendo presente que se trata de un tema muy controvertido, profundo y lleno de matices, es una fecha que, cuanto menos, es digna de mención y sobre todo de reflexión.
Si bien el sistema social, político y económico de la URSS tiene detractores y seguidores en gran número, no debemos caer en el maniqueísmo de sistema soviético (comunismo) bueno o malo. La URSS representa casi 75 años de influencia sobre gran parte del planeta y, por lo tanto, ha tenido una serie de fases y de tensiones que han sido dispares a lo largo de toda su existencia.

En este largo proceso, desde la revolución de 1917 hasta la caída del sistema social soviético, se han sucedido períodos con políticas diversas, no dándose una situación ideal para la puesta en práctica del socialismo prácticamente en ningún momento.

Pero si hay algo que ha sido continuo a lo largo de toda la existencia de la URSS ha sido, sin duda, el peligro de contagio ideológico que se percibía desde los gobiernos capitalistas ¿Qué queremos decir con esto? Que la URSS supuso un freno a gran escala de políticas neoliberales y capitalistas (a todos los efectos) crudas y provocó la aparición de versiones “sociales” del capitalismo dado el miedo que se tenía a ejercer una presión excesiva sobre la sociedad y que ésta comenzara a mirar hacia otras formas de organizarse.

Así se explica que el capitalismo ofreciese su “cara amable” con políticas moderadas que llevaron al (mal) llamado “estado del bienestar” en las sociedades occidentales. Sin olvidar que dicho estado del bienestar fue posible gracias a la explotación masiva de áreas deprimidas y esquilmadas de Latinoamérica, Asia y África, y la implantación de regímenes de semi-esclavitud entre las poblaciones de dichas áreas.

Junto con esta “dulcificación” del capitalismo, se realizaron operaciones ideológicas y de propaganda contra el modelo soviético. Ya desde el espacio que media entre el fin de la II Guerra Mundial y el comienzo de la Guerra Fría se pudo vislumbrar un cambio de actitud de EEUU hacia la URSS. Pasaron de ser héroes a meros comparsistas a la hora de entender la victoria aliada en la guerra, para más tarde caer bajo las garras de una propaganda atroz y falsa desde la que se inventaban cifras de asesinados por Stalin. Cifras que perduran en el imaginario colectivo hasta la actualidad.

Evidentemente, esto ha venido de la mano de políticas de propaganda orientadas a provocar miedo entre la población ante todo lo que sonara a socialista, comunista, rojo o soviético, llegando a la “cazas de brujas”, persecución de sindicalistas y asesinato de obreras y obreros a quienes se les encontrara (o no) una mínima filiación a elementos anticapitalistas.

Tras la pérdida de influencia, y posterior caída de la URSS, se crean unas condiciones ideales para endurecer el discurso capitalista y revertir las políticas sociales. No es casual el hecho de que de un tiempo a esta parte veamos como las políticas sociales y económicas propias del capitalismo se hayan visto recrudecidas, con una destrucción sistemática de empresas públicas, crecimiento de la empresa privada, ataques a la libertad de expresión con políticas cada vez más violentas hacia las voces críticas…No es de extrañar, por lo tanto, que los sueldos sean cada vez más bajos, que haya que hacer más horas para llegar a final de mes, que se esté destruyendo la sanidad y la educación pública, etcétera. Es decir, no es de extrañar que ocurran todas esas cosas de las que gran parte de la sociedad se queja cada día.

Por otra parte, la caída de la URSS ha supuesto, también junto a su historia, una especie de ariete con el cual los medios propagandísticos del neoliberalismo inculcan en la mente de la sociedad actual la idea de que la existencia de otra alternativa a su ideología, a su forma de concebir el mundo, es imposible, sus planteamientos son los únicos y verdaderos, por tanto, los únicos viables. Así, cualquier alternativa concebida desde la izquierda es tildada inmediatamente con cualquier exabrupto y deslegitimada sin más. Esto les ha abierto las puertas para poder modificar y agravar la sociedad del consumo en el que vivimos sin miedo a una posible reacción revolucionaria por parte de los más débiles de ésta porque, en el afán por introducir tal idea, también han hecho que muchos de los trabajadores de hoy día no se consideren pertenecientes a la clase obrera o trabajadora, sino a la tan mencionada, y difusa, clase media. Es decir, se ha atacado y destruido el arma más poderosa con la que contaban los nadie, la conciencia de clase y la solidaridad, y en su lugar han instaurado su muro más infranqueable, el individualismo, el sostén de todo su modelo social, económico y político.

Por todo ello, la fecha señalada del 25 de diciembre debería hacernos reflexionar sobre lo que supuso la caída de la Unión Soviética y qué significado ha tenido para nuestra vida cotidiana, aunque creamos que no influyó en nada.

Todo ello podemos verlo muy bien resumido en la obra magistral de Josep Fontana “Por el bien del imperio. Una historia del mundo desde 1945”, de la editorial Pasado y Presente. Fontana hace una revisión de todo lo que ha supuesto la caída de la URSS para nuestra vida actual, no solo a escala macroeconómica sino a niveles básicos que podemos percibir día a día. Y lo hace en clave dialéctica, desde la cual va desgranando todo lo que ha acontecido desde el año 45 hasta ahora, es decir, condensa los movimientos realizados por el imperio estadounidense para ir acabando con la influencia soviética y poder así convertirse en hegemonía planetaria.

Aún así, no ha llegado el fin de la Historia anunciado por Fukuyama, dado que por mucho que el discurso neoliberal quiera hacernos creer, el capitalismo no acaba con las tensiones que posibilitan los cambios sociales, políticos y económicos.
La Historia sigue en marcha, la Historia sigue viva, porque la humanidad sigue viva y porque seguimos caminando. A pesar de lo que el capitalismo neoliberal haya conseguido en estos 25 años de dominio con la ausencia de un gran bloque opuesto, seguimos luchando.

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